#123 – Se gentrifica

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En esta nueva edición de Cabezas de Tormenta contaremos con Agustín, compañero que investiga las relaciones entre desarrollo urbano y capitalismo, y quien ya pasó hace años por nuestro estudio en las entrañas de Madrid.

Hace unos meses, en nuestro programa 114, os explicamos la situación del solar de la plaza de Lavapiés, un espacio de titularidad pública, propiedad del IVIMA. Aunque fue comprado por la Comunidad de Madrid para la construcción de vivienda social, este espacio estuvo años abandonado hasta que la Asamblea Popular de Lavapiés se animó a recuperarlo para el barrio bajo el nombre de SOLARPIES. El proyecto vecinal fue desalojado cuando el Instituto Madrileño de Vivienda cedió el lugar a los propietarios originales que lo vendieron a una empresa hotelera. Ahora que las excavadoras están a punto de horadar con sus palas el suelo del solar, de la mano de Agustín hablaremos sobre gentrificación, turismo y lucha de clases, para entender las repercusiones que tienen estos elementos en la transformación de los barrios populares.

Queremos dedicarle este programa al concejal del distrito centro Jorge García Castaño, que dice trabajar por los intereses del tejido asociativo pero apoya la operación que el gobierno de Cifuentes ha llevado a cabo para la construcción de un hotel en Lavapiés. Si escucha esta nueva entrega de Cabezas de Tormenta quizá sea más consciente de las consecuencias de su posicionamiento.

Tras grabar la entrevista que da forma a este programa, nos sacudió la muerte de Manuel, último habitante de la Casa del Aire, un edificio del que hemos hablado varias veces en Cabezas de Tormenta. Situada en el granadino barrio del Albaycin, la Casa del Aire era el vestigio de un antiguo mundo actualmente atropellado por la barbarie de la especulación inmobiliaria. Levantada en el siglo XVII era la última casa de paso del barrio, conectaba dos calles paralelas situadas a diferentes alturas. La inmobiliaria que la compró promocionó apartamentos turísticos mientras estaba habitada. Fue el pistoletazo de salida de una carrera por desalojar a los vecinos y degradar el inmueble hasta llevarlo a un estado que les permitiera demolerlo. Pero también fue el comienzo de una hermosa lucha de resistencia a la que le siguieron numerosos acosos y presiones, una venta a otra inmobiliaria y los inevitables procesos judiciales.

Finalmente, Manuel fue el último inquilino. No pudieron anular su contrato. El resto de inquilinos fueron expulsados. Hoy está muerto. Y algunos habrán recibido la noticia como el despertar de una oportunidad de negocio, de una inversión que estaba dormida.

La gentrificación, la especulación urbana del capital, opera así. Sin cortapisas, sin escrúpulos. Con una violencia brutal. Y la mayoría de las veces, también sorda. Se ceba con las personas más débiles, agiganta las desigualdades. Aniquila sin que se escuchen condolencias o manifestaciones de repulsa institucionales, pasa por encima de la vida y la aplasta en su desbocada carrera por el beneficio. La mirada miope del dinero está salpicada de sangre.

Indigna pensar en la posibilidad de que estos días muchos responsables directos de esta situación de desamparo a la que se llegó habrán dormido plácidamente. Escudados en sus salarios y responsabilidades. Desde el juez hasta el cerrajero que cumple órdenes porque si no ya lo hará otro. Desde el policía que ejecuta el desahucio a abogado que busca los vericuetos para arrancar las casas a sus legítimos moradores. La violencia de los amos es legítima por ser precisamente la violencia de los amos, la que les da de comer, la que alimenta su mezquindad y su falta de empatía. Ellos son los verdaderos muertos de esta historia, los cadáveres putrefactos que nos gobiernan.

A nosotros nos queda la lucha y el sentido que segrega a cada paso. Los intentos de construir comunidad en mitad del vertedero. La afirmación, la resistencia. La flor que se esboza bajo el ladrillo machacado, el sudor y la pena.

Un abrazo fraternal a todos los que conocíais a Manuel, a los que luchasteis con él. Desde la ciudad que no tiene corazón y los micros de Cabezas de Tormenta: gracias.