#55 – La psiquiatría no tiene oídos, las personas sí: los grupos de apoyo mutuo en salud mental

Abrimos esta 55º edición de Cabezas de Tormenta hablando del Metro de Madrid, gerundio y contrariedad para muchos de quienes habitamos la urbe; el elevado precio de este medio de transporte hace que cada vez más trabajadores tengan que omitir de un salto los tornos, y colarse para acudir a su puesto de trabajo. Desde los micrófonos de nuestro humilde estudio hacemos un llamamiento a la solidaridad de clase, para que entre todos los usuarios de Metro les hagamos saber a los equipos de intervención (revisores) que deben dejar de sancionar, pues en la actualidad, esa tarea voluntaria supone un sobresueldo a comisión para los jefes de sector, pero también el quebradero de cabeza de cientos de trabajadores cada día.

Como tema central, en este último programa vamos a abordar una propuesta constructiva: la creación de grupos de apoyo mutuo en el ámbito de la salud mental. De forma breve, pero con la intención de ofrecer un mínimo esbozo que permita un primer acercamiento, ofrecemos a todos nuestros radioyentes una de descripción de qué son —y por supuesto, de qué no son— y cómo funcionan las asambleas de apoyo mutuo que abordan de manera comunitaria el sufrimiento psíquico. Para ello se aludirá a uno de los principales referentes prácticos, el movimiento internacional de escuchadores de voces  (Intervoice) y su agrupación británica, que fue la que originó la creación formal de este tipo de redes (Hearing Voices). A pesar de que en un primer momento estos grupos estuvieran orientados más específicamente a la escucha de voces, es decir: a las alucinaciones auditivas, la forma de funcionar sirve para cualquier otro tipo de dolor psíquico. En última instancia, se trata tan solo —aunque no tenga nada de sencillo en el mundo en el que vivimos— de juntarse entre iguales con la intención de conquistar autonomía y salud. Para ello se crean espacios de seguridad y compromiso donde los integrantes comparten experiencias y conocimientos en un marco de respeto y autoorganización que ofrece la posibilidad de escuchar y comprender historias. Es desde ahí desde donde se puede dar un sentido al sufrimiento y articular respuestas para afrontarlo… Os dejamos un enlace a un texto traducido recientemente al castellano que se centra en las cuestiones más formales y prácticas de este tipo de grupos, cuestiones que por razones de tiempo y formato se han quedado fuera del programa (al fin al cabo no hemos querido hacer nada más que una pequeña introducción al tema).Enlazando con la anterior entrega de Cabezas de Tormenta, en la que abordamos la resistencia en Madrid contra los circos con animales, comentamos dos noticias: En primer lugar, mentamos que el Pleno del Ayuntamiento de Fuenlabrada ha aprobado una moción por la que prohíbe la instalación de circos con animales en su término municipal, alegando que es totalmente antieducativo ver a los animales desarrollando un comportamiento artificial ajeno al que tendrían en su hábitat. En segundo lugar explicamos el ataque de un tigre al domador del Circo Gottani, instalado en el barrio madrileño de Aluche, ante la mirada del público. Dada la presión recibida, la tigresa no va a ser asesinada, y será trasladada a un nuevo hogar en el que no sea explotada.

En la habitual sección de reseñas os dejamos con una película de animación: Mary & Max, un film que aborda con una profundidad única dos conceptos tan complicados de tratar como son la normalidad y la amistad. Además, os recomendamos Todo lo que muere, de John Connolly. Un thriller atípico para los viajes en Metro. Divertido y muy cinematográfico. Si os encandila hay ocho partes más, casi nada amiguitos.

Y, en esta última edición, volverán las recetas. En esta ocasión: caldos calientes de coliflor y de miso para reconfortar nuestros estómagos.

Os dejamos con el texto leído en la primera parte del programa, ¡salud y fuerza!:

 La boca está vacía, no hay vigilantes. Eso sí, una cámara fija su mirada en la entrada. Siempre está el peligro de que el personal de otra puerta observe el monitor que reproduce la grabación en el mismo instante en el que apoyamos las manos sobre el torno, respiramos hondo, cogemos impulso, y saltamos.

Y ya viajamos con nervios, con apuro. Vuestra uniformada y acreditada presencia puede pillarnos de improvisto tras la esquina de un andén, o al bajar las escaleras mecánicas. A quien salta siempre le queda esa duda. Siempre existe la posibilidad de que le espere un grupo de revisores, respaldados por vigilantes de seguridad implacables, que enarbolando una mirada amenazante, empuñan el mango de su porra todavía enfundada.

Los denominados “equipos de intervención”, conocidos por los viajeros como revisores, trabajan a comisión. No se trata de una labor obligada, sino de una tarea voluntaria que asumen los Jefes de sector, para cobrar una cantidad proporcional a la magnitud de la multa con que sancionan a quien no lleva billete o a quien utiliza un bono que no le corresponde, como el de tercera edad, mucho más barato.

Se trata pues de un trabajo prescindible, pues quienes lo desempeñan lo hacen para aumentar su nómina, aunque ya cuentan con un sueldo base por trabajar en el vestíbulo. En un momento dado, todos queremos ganar más, máxime en los tiempos que corren. Pero cuando esa subida mensual se sustenta en ataques a la dignidad de nuestros iguales, la cosa cambia, y su labor se convierte en algo reprobable.

No queremos vivir bajo la máxima del sálvese quien pueda. Porque guiándonos por esa estrella perdemos la palanca de cambio que poseemos los proletarios, los trabajadores, parados y migrantes: la fuerza colectiva de la solidaridad y el apoyo mutuo entre quienes vivimos condiciones de vida similares.

La enésima subida del billete de Metro ha fijado el precio del viaje en una horquilla que va de 1,5 a 3 euros. Y el abono mensual más sencillo ahora ronda los 55 euros, aunque si vives en el extrarradio, el precio aumenta hasta llegar a los 72 euros. Una cantidad que al pagarse mensualmente supera las posibilidades económicas de muchas personas en esta ciudad.

Nadie coge el transporte público por gusto. Este violento urbanismo de centro y periferia, barrios dormitorio, polígonos y parques de oficinas, nos lo impone. Así que la solidaridad es una cuestión de supervivencia.

Hace una semana, mientras descendía por el subsuelo de Madrid, me di de bruces con uno de estos controles aleatorios. Tan aleatorio que yo, hombre blanco, no fui seleccionado por esos ojeadores de los estándares occidentales, del color de piel y la ropa de marca. Eso me dio la oportunidad de acercarme lo suficiente como para escuchar la reprimenda moralista y xenófoba del vigilante de OMBUDS: “si has venido aquí a engañarnos mejor será que te vayas eh, ¿te crees que esto es como la selva, que no se paga por nada?” Dijo.

Un hombre negro de pelo corto y cuerpo atlético que acababa de mostrar su abono transporte replicó: “me dais asco”…Simplemente me arrebató las palabras de la boca.

Caminando por el suburbano recordé aquel día en el que la persona que amo, entre lágrimas, me relataba como otro segurata, ante su negativa a entregarle el billete, espetó “qué ganas tengo de poder cachearos…”

Y ese día ya ha llegado. El PP ha logrado con los votos a favor de CiU y PNV aprobar en el Congreso de los Diputados la nueva Ley de Seguridad Privada, por la que los vigilantes podrán detener, cachear e identificar en la vía pública, y no solo retener a expensas de la llegada de la policía, como ocurría antes.

Estos tipos cuadrados, con placa privada y esposas en el cinto serán los nuevos sheriffs del Metro de Madrid.

Hace unos días el diario El Mundo publicaba que desde verano, las agresiones a vigilantes y revisores del Metro de Madrid han aumentado. Que sean atacados no es la mejor de las noticias. Ojalá estos empleados se hubieran empapado de la soldidaridad de clase que muchos madrileños desplegamos cuando tuvo lugar la huelga de Metro del 2010, o la del 2012, para que en la actualidad aportaran gestos similares con quienes sufren la ofensiva del Capital. No ha sido así.

Jugáis con el pan de la gente, y eso tiene sus riesgos.