Tormenta de verano por el 2º aniversario de la muerte de Ramón Barrios

2-aniversario-ramon-barrios_cabezas de tormentaPuedes echarte atrás ante los sufrimientos del mundo, eres libre de hacerlo y de hecho es lo que corresponde a tu naturaleza, pero quizá precisamente ese echarte atrás es el único sufrimiento que podrías evitar.

Kafka, citado en The Wire

Nos acercamos a la manifestación que tuvo lugar el pasado domingo 7 de julio en recuerdo de Ramón Barrios, joven vecino del barrio de Villaverde que murió en un centro de menores hace ya dos años.

No tenemos mucho que decir. Hay cosas antes las cuales solo queda gritar. A pleno pulmón, hasta que se casque la garganta.

Os invitamos a informaros sobre la muerte de Ramón y la penosa situación en la que se encuentran los chavales recluidos en esas brutales cárceles de niños que son los centros de menores.

Una sociedad en la que hay niños que mueren a manos de carceleros subcontratados por el Estado (pues recordemos que esta no es la primera vez, ni será la última si no se hace nada al respecto) y en la que se prefiere mirar a otro lado, es una sociedad que está condenada a arder.

Abajo podéis leer el comunicado.

El pasado 8 de julio de 2011, Ramón Barrios, un chico de 19 años del madrileño barrio de Villaverde, entraba en el centro de menores Teresa de Calcuta, gestionado por la fundación Ginso, a cumplir el segundo fin de semana de los doce a los que un juez le había condenado como pena por haber cometido un hurto siendo menor de edad. El día 9, su familia recibía la noticia de su muerte entre información confusa, poco concreta y poco clara. Ni siquiera al acercarse al centro alguien se dignó a atenderles. Tras el paso por los juzgados de Arganda del Rey se les dio un informe del avance de la autopsia que determinaba la hora de la muerte entre las 4 y las 5 de la mañana (y no a las 3 como les habían asegurado los responsables del centro), que el cuerpo no tenía signos de violencia y que la muerte se había producido por una parada cardio-respiratoria, lo que no decía era qué había causado la parada. También allí se les informó que podrían ver el cuerpo una vez ya estuviera en el tanatorio Sur.

Fue en el tanatorio, al empezar a desaparecer el maquillaje, cuando la familia pudo ver los ojos morados, los arañazos en el cuello, el gran hematoma en la mitad derecha del rostro, las orejas marcadas y la mandíbula hundida. Sin duda, las marcas de una paliza. A raíz de ese momento, y de que la familia paralizara la incineración y pidiera una segunda autopsia en el juzgado, empezó toda la sarta de mentiras sobre que Ramón habría ingresado en el centro drogado, que la parada la había provocado una sobredosis o que estaba alterado y nervioso. Según los responsables del centro ese supuesto estado de agitación sería lo que “obligó” a los carceleros a reducirle, lo que hizo que él mismo se provocara las lesiones.

Todo mentira. Seguramente alguien quisiera vengarse y darle un escarmiento y se le fuera la mano, algo para nada imposible ya que según Ramón había tenido un conflicto con los trabajadores del centro el fin de semana anterior cuando le pillaron fumando un cigarro en la habitación, pero eso no explica completamente por qué murió. Lo cierto es que no es nada difícil que el sistema de reducción que emplea el personal de los centros de menores acabe así.

Nadie puede negar que vivamos en una sociedad con una profunda contradicción inherente a su propia organización social. Hay quien se ve obligado a trabajar para obtener un salario que le permita subsistir y hay quien se queda con el resto de la riqueza (el valor) que produce ese trabajo para vivir, para satisfacer sus deseos y sus necesidades. Esa contradicción crea una realidad social concreta que se ceba en las personas más desposeídas y genera conflictividad social. El Estado necesita ejercer un control que regule y gestione los conflictos en las relaciones sociales y sus consecuencias. Esta es la razón de ser de la justicia penal. El código penal establece qué conductas merecen ser sancionadas y de qué manera. En este marco, en el 2001 entró en vigor una ley que regula la responsabilidad penal de los menores de 18 años. Esa ley fue la que juzgó, por medio de la justicia penal, y condenó a Ramón Barrios. Un juez, aplicando el criterio del legislador, es decir el gobernante, decidió que la mejor manera de “corregir” el comportamiento de Ramón era que cumpliera una pena de privación de libertad en un centro de reforma.

Esta es la manera en que el Estado afronta los problemas de las personas. Nos usurpan nuestra autonomía, nos quitan la posibilidad de gestionar nuestras vidas, de resolver nuestros conflictos y de hacernos responsables de nosotros mismos y los que nos rodean y luego aplican toda su fuerza contra nosotros quitándonos la libertad.

Tras las rejas de sus muros pretenden someter a las personas para reinsertarlas en la sociedad, para que cumplan su papel sin causar problemas. Ejercen su violencia legal contra quien privado de su libertad, aislado y en manos de carceleros no puede defenderse. Por esto murió Ramón, por que alguien había sido investido de la autoridad para castigar a otros. Alguien cuya misión era esa, mantener el orden y, puesto que Ramón se encontraba en una cárcel, la seguridad (de la cárcel claro no de Ramón). Es posible que ese carcelero (o carceleros) no quisiera matar a Ramón pero tenía la autoridad para ejercer violencia contra él, esa cuyo monopolio con tanto ahínco defienden el Estado y sus voceros. Y lo hizo. Por eso no podemos dejar en manos del Estado a nuestros chavales, por que esto es lo que ocurre en las cárceles, también en las de niños.

De hecho, es más fácil que ocurra en las cárceles de menores. La gestión privada de estos centros hace que no haya organismos estatales que puedan ejercer un mínimo control de lo que ocurre dentro. Aunque esto no sea ninguna garantía, ahí tenemos las muertes a mano de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y en las cárceles de adultos, es evidente que cuando lo que están en juego son intereses económicos de empresas, como las que gestionan los servicios (entre ellos la seguridad) del centro de menores Teresa de Calcuta y que pertenecen al presidente de la fundación Ginso, preocupa menos quién ejerza de carcelero. Incluso siendo un tipo capaz de matar a golpes a un chaval después de decirle “ahora sí que vas a saber como se trata a los perros”. Esto es lo que ocurre cuando los beneficios económicos importan más que las personas.

Quieren hacernos creer que lo que le ocurre a nuestros chavales no tiene nada que ver con el sistema social impuesto, con el mundo que les rodea, con las relaciones que se establecen en él. Que sus problemas están dentro de ellos y necesitan ser cambiados, reeducados, a golpe de porra, de psicofármaco y de encierro. Aunque hace mucho tiempo que se ha demostrado que la cárcel no reinserta, que su única función es punitiva, y que destruye a las personas siguen encerrando a nuestros chavales diciendo que lo hacen por su bien, que están mirando por su interés superior. La realidad es que no quieren cuestionar los pilares sobre los que se asienta la sociedad, quieren que obedezcamos sus leyes y estemos calladitos. Si no, ahí está la prisión. Además, dado que alguien tiene que hacerse cargo de su funcionamiento, resulta muy lucrativa. Al Estado le sale más barato, a costa de los niños, que empresas privadas gestionen los centros.

Por eso recordamos hoy a Ramón. El 9 de julio se cumplen dos años de su muerte y no queremos que caiga en el olvido, ni por Ramón, ni por todos los chavales que siguen hoy en día encerrados en sus cárceles.

¡Ni olvido ni perdón por las muertes en prisión!

¡Abajo los muros de las prisiones!

Para más información sobre el caso de Ramón: http://www.cuartopoder.es/rojosobrenegro/la-deuda-de-ramon-barrios/425

Para más información sobre los centros de menores: www.centrosdemenores.com