#29 – El jodido fin del mundo

Ha llegado el fin del mundo, damas y caballeros ya lo vaticinaban los mayas, el jodido fin del mundo… aunque quizás sea nuestra salvación pues si lo pensamos bien no hace falta que los meteoritos colisionen contra la tierra causando un desastre apocalíptico para que el mundo esté ya hecho una jodida mierda y para que, para mucha gente, su propio día a día sea ya vivir un fin del mundo cada mañana al levantarse de la cama y mirarse en el espejo.

En el programa número 29 de Cabezas de Tormenta, y quizás el último, reflexionaremos sobre lo que el fin del mundo nos inspira, haremos un recorrido por algunas de las acciones de liberación animal llevadas a cabo este año, repasaremos algunas noticias que nos han resultado curiosas y escalofriantes a la vez, desvelaremos algunos secretos y daremos, como es habitual, algunas reseñas…

Reseñas como  “Escritos contrapsicológicos de un educador social” de Josep Alfons Arnau, el archivo de textos sobre salud mental y revuelta Primera Vocal y también el “Pequeño Glosario sobre Eurovegas”, volveremos a hablar una vez más de “La pesadilla de Darwin”, un documental que sin duda habla del fin del mundo en nuestros días, y comentaremos brevemente la mítica novela de ciencia ficción apocalíptica “El día de los trífidos”, de John Wyndham, y la hermosa utopía escrita por William Morris en “Noticias de ninguna parte”.

Si queréis echar un vistazo, más abajo tenéis algunas de nuestras reflexiones apocalípticas…

Monólogo 1

Toc, toc. ¿Hay alguien ahí?

(Silencio)

Ahora sí que lo sabemos, sabemos que hay alguien ahí. Nuestro pequeño programa se ha hecho con un puñado considerable de oyentes y a ellos me dirijo. Ya los sabréis, pero es que dicen que se acerca el fin del mundo. El ragnarök, esa batalla de los dioses en la que el universo entero quedará prácticamente arrasado. No os diré nada nuevo si os susurro que el fin puede ser administrado por entregas, como si se tratara de fascículos coleccionables de los que nos comprábamos en los quioscos. Tampoco os diré nada nuevo si os susurro que nunca hay que creerse lo que dicen los cuentos… que hay otros mundos, pero están todos en este. Esa es la razón por la cual tu mundo no tiene por qué ser el mundo de otro tipo, y por la que a su vez, el fin de tu mundo puede celebrarse con una fiesta salvaje en el mundo de ese otro tipo.

¿Me seguís? Venga, haced un esfuerzo, seguro que os suena. Si escucháis este programa posiblemente sea porque sois de los que experimentan, a veces más, a veces menos, el fin del mundo todos los días. Si escucháis este programa posiblemente sea porque sois de los que jamás en vuestra vida habéis celebrado el fin del mundo de otro grupo de seres humanos. También puede ser que escuche esto un funcionario policial de la brigada de información, y entonces todo esto de los seres humanos y el fin del mundo le vendrá grande y se rascará las orejas buscando una inspiración. Tranquilo, no te va a llegar, limítate a odiarnos y cobrar por ello.

Cuando hoy te acuestes reventado por las horas incineradas en un trabajo de mierda, o en la búsqueda infructuosa de ese mismo trabajo de mierda, no dudes de que hay un buen grupo de personas que brindan, esnifan y se descojonan de ello. Tu mundo, su mundo. ¿Y cuál tiene más papeletas para acabarse? O si tenemos en cuenta la pragmática del orden existente: ¿cuál de los dos interesa que se acabe poco a poco, que arda, calentando las estancias de un puñado de dioses ebrios?

Mientras escribo este puñado de párrafos, miles de griegos aúllan al norte del país. Allí, cerca de los Balcanes, donde la nieve y el hielo sustituyen a las playas de cálida arena mediterránea que solemos asociar a ese país, la gente pasa frío. Mucho. Tanto que su mundo se hiela. Se acaba. A comienzos de noviembre el termómetro registró una caída de diez grados y cayeron los primeros copos. La población afronta de la manera que puede el que el gasóleo para calefacción haya subido el 40% en los últimos tiempos, mientras que sus bolsillos se han visto diezmados, con un poder adquisitivo que ha llegado a caer hasta la mitad.

En Tracia, ya rozando Turquía tres hermanos de 5, 7 y 15 años fallecieron cuando la estufa de leña que sus abuelos habían encendido para calentarlos incendió la habitación en la que se encontraban. No tenían dinero con el que pagar la calefacción central. El niño mayor murió asfixiado mientras trataba de salvar a los más pequeños. El fin del mundo, el fin de su mundo. Y de momento nadie ha pagado lo que merece por ello.

(Silencio)

Hoy me he despertado con más energía de lo normal. Creo que se podría hablar de excitación. Al meterme en la ducha y pasar frente al espejo del baño he reparado en la sonrisa enajenada que se dibujaba en mi boca. Y es que he tenido un sueño. Y lo recalco porque normalmente me acuesto tan cansado que no sueño, o no me acuerdo, o me limito a caer desfallecido para poder levantarme a la mañana siguiente. Sin más. Y es que he tenido un sueño y era hermoso.

El mundo que conocemos había llegado a su fin. No vivíamos una vida en la derrota. La correlación de fuerzas se había invertido salvajemente. Sí, ya lo sé, es un tanto ingenuo. Los amos y sus pistoleros se escondían debajo de las piedras. Cuando les hacíamos salir de sus escondrijos gritaban “Calma, sensatez”. Así que les dábamos la calma y la sensatez que ellos nunca tuvieron. Y es que no somos iguales, ni en los sueños… pues si lo fuéramos, no serían más que sucias pesadillas. No hacía falta cazarles ni disparar balas de goma contra con sus ojos, bastaba con verles temblar. Mantener la boca cerrada y echar un vistazo en el desolador páramo que habita en su interior. ¿Qué es lo que siente un tirano cuando no puede tiranizar?, ¿qué es lo que siente un sicario cuando no tiene a quién obedecer? Vértigo. Sienten un vértigo aterrador. Y sus huesos no cesan de sacudirse hasta el día en el que dejan de respirar. Esa es su condena: la añoranza de un estado de las cosas que ya no volverá.

Recuerdo que en el sueño pregunté a un mosso que no dejaba de gimotear por Felipe Puig, pero desperté antes de poder dar con él. Solo quería hablar, y es una pena no haber llegado a encontrarle. Si el mundo se acaba, quisiera tener una conversación con Puig. El que hace cumplir la ley y va un poco más allá. Un tipo chaparrito, alopécico y con unas graciosas orejitas de hobbit. Un baluarte de la reacción, que en cuanto tiene la menor oportunidad reparte tantas ostias como puede. Un ser mezquino al que parece hacerle gracia que a los nuestros les abran la cabeza o les estallen los globos oculares. ¿Qué sería de él si el mundo toca a su fin y tiene que vivir en ese mundo nuevo que habita en nuestros corazones?

Y… ¿os acordáis el estupa que hace unos meses aterrorizó a los vecinos de Lavapiés pegando tiros al aire? Ese tendría que vivir un futuro lo suficientemente amargo, uno en el que le tocara ganarse el pan vendiendo camisetas falsificadas de los Boston Celtics con una manta. Y si nos ponemos a jugar, le debería tocar hacerlo en el centro de Abuja, capital de Nigeria. Descalzo.

(Silencio)

Si el mundo se acaba y me toca vivir otra vez el mismo infierno, solo tengo que decir una cosa: Anarquía, no volveré a perder el tiempo en otra cosa que no sea enamorarme de ti.

Si el mundo se acaba y me toca vivir otro infierno, quiero vivirlo con todos mis hermanos. Para lamernos heridas los unos a los otros, como buenos comunistas que somos. Comunismo de carne, no de partido. Ese del que habla Calvino: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”

Si el mundo se acaba y vuelven a reinar las estrellas, los árboles y los dinosaurios, podré descansar en paz.

Si el mundo se acaba y vuelven a vencer los mismos, regresaré de donde haga falta para quietarles algo de sueño.

Si el mundo se acaba y sabemos hacerlo mejor. El mundo ya no será mundo, sino tan solo libertad.

hay palabras
ligeras
como semillas de álamo

se levantan
llevadas por el viento
y vuelven a caer

difícil agarrarlas
porque se van muy lejos
como semillas de álamo

hay palabras
que más tarde quizás
removerán la tierra

Hans Magnus Enzensberger

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Monólogo 2

Se avecina el fin del mundo damas y caballeros. Los mayas ya lo vaticinaban. Una nueva era está por llegar, o quizás el fin, el fin del mundo tal y como lo conocemos. Y, ¿qué vendrá después?

¿Despertaremos el día 22 en un lugar oscuro?, ¿o por el contrario será un lugar floreado y colorido? ¿Será el paraíso terrenal que prometen algunos libros? Sea lo que sea no puede ser mucho peor que lo que ya tenemos.

El 21 de diciembre se acaba el mundo y debe pillarnos bailando la conga, elevando nuestras copas con la bebida alcohólica o no alcohólica que más haga vibrar a nuestro paladar y riendo como posesxs.

Y es que, en realidad, si desapareciese el mundo tal y como lo conocemos, igual saldríamos hasta ganando, porque, entre nosotrxs, este sitio, apesta…  Un lugar lleno de recursos, seres vivos muy variados, posibilidades y belleza al que el hombre ha convertido en un lugar frío, cruel, injusto y despiadado.

Por ello debemos ser felices y aprovechar esta ocasión para destruir y dejar el mundo de lado y levantarnos para construir el lugar donde nos gustaría vivir.

Ojalá el 22 de diciembre nos levantásemos y hayan desaparecido de la faz de la tierra tantas cosas..

El dinero, flaco favor nos ha hecho la existencia de esas asquerosas monedillas y billetes.. De este mundo sobra el capital que todo lo domina. Saquea y usurpa nuestras vidas poniéndole a todo precio, sometiéndonos a esclavizar nuestro tiempo, nuestro cuerpo y nuestra mente. Nos subyuga en un empleo que nos agacha la cabeza. Perdemos los minutos de la vida allí para poder pagar, si no pagas, no vives, no eres. Independientemente de que la tierra en realidad te pueda dar el abastecimiento que necesitas para sobrevivir de manera gratuita.

Ojalá el 22 de diciembre nos levantásemos y tomásemos la tierra, el agua, el suelo que ya estaba aquí para nosotrxs antes que el dinero… Dinero que nos empuja al trabajo asalariado, que nos hace creer que este tipo de trabajo es dignidad, cuando sólo es humillación, desgaste, explotación, colaboración en la riqueza de unxs pocos y en la miseria de muchxs. Dinero que colabora con la imposición de las jerarquías y nos ridiculiza y nos convierte en marginales cuando no lo tenemos en nuestrxs bolsillos. Incita la envidia, la competición y nos hace olvidar lo que somos o lo que nos gustaría y podríamos llegar a ser.

El dinero se llevaría consigo a la tumba a todxs aquellxs dispuestos a cometer atrocidades contra las personas, los animales y la naturaleza con tal de darse baños de oro y llevar una vida ostentosa y llena de lujos. Desaparecerían con el dinero todos los obsesos por él, así como las enfermedades mentales y físicas que éste provoca. Los banqueros serían una anécdota, los empresarios y corruptos un chiste que contar a los nietos.

Los cajeros desaparecerían de nuestras calles y dejarían de ser el cordón umbilical que nos ata a la vida.

Podrían desaparecer también las casas abandonadas, vacías, en desuso y con ellas la gente durmiendo en aceras. Ojalá en el mundo que se despierte el próximo 22 de diciembre la gente sin casa que no puede o no está dispuesta a dejarse la salud mental y física y la vida en un trabajo que le absorba la sangre para poder pagar un techo y poco más, desate esas trabas, se libere y dé una patada en la puerta que más le guste, haga de ese lugar abandonado una casa, donde se recobre y se luche por la vida, que en realidad, es lo único que tenemos.

Ojalá también se acabasen los gobiernos que pretenden estar por encima y organizar nuestras vidas sin nuestro consentimiento y para sus propios fines. Ojalá el 22 de diciembre la gente se despertase pensando en cómo gestionarse y organizar su vida cotidiana cogiendo las riendas ellxs mismxs, compartiendo, debatiendo, conviviendo y autogestionándose con sus vecinxs de la manera que cada uno mejor vea o quiera. Que cada calle, edificio de vecinos, barrio, pueblo, comunidad de gente, en definitiva, se diese cuenta de la capacidad que tenemos y podríamos llegar a tener para decidir, para organizarse, para hacer, para elegir, para sobrevivir de manera autónoma, sin delegación, sin ceder la responsabilidad que solo a nosotrxs mismxs nos pertenece, sin dejarles nuestras vidas y responsabilidades a otrxs que ni nos quieren ni ns conocen.

Ojalá el 22 de diciembre las personas se despertasen creyendo en sí mismas, al menos. Si bien está genial soñar, es precioso e ilusionante, de ilusiones tampoco se sobrevive. Ojalá estas cosas llegasen sin más tras la destrucción o desaparición según los mayas de esta putrefacta realidad. Pero a lo mejor y lo más seguro es que si el 22 de diciembre nos despertamos, pocas cosas o ninguna hayan cambiado con respecto al día o al mundo anterior.

Ojalá en el mundo que quede después del fin del mundo la gente se despertase llena de fuerza para luchar, para gritar, para protestar, reclamar, pero sobre todo, para deshacerse de lo que sobra en este sitio llamado mundo y para levantarse con ganas y energía y construir el sitio donde más agusto vayan a estar en este breve camino, en este viaje corto que se llama vida y donde lo más importante, lo esencial, nos digan los mentirosos lo que nos digan, es tan solo, vivir.