#15 – Centros Sociales Okupados en Madrid: La Casika y Casablanca

Programa temático de Cabezas de Tormenta dedicado a dos centros sociales okupados de Madrid: La Casika y Casablanca. Mientras el último celebra su segundo aniversario, el primero se encuentra bajo amenaza de desalojo tras 14 años de actividad en Móstoles.

Reseñamos la publicación del periódico que desde hace tres años saca la Fundación Aurora Intermitente con motivo de la Feria del Libro de Madrid (situada en el Retiro), donde se abordan diferentes cuestiones desde la perpectiva libertaria y se hacen interesantes recomendaciones bibliográficas de cada tema. Se puede conseguir gratuitamente en la caseta número 122 de la feria, correspondiente a la Librería Malatesta.

Y por último deciros, aunque en el programa sea lo primero que tocamos, que dedicamos unos minutos al tiroteo que tuvo lugar el domingo 26 de este mes en las calles de Lavapiés, donde unos secretas que perseguían a un grupo de manteros acabaron realizando dos disparos al aire. Lo que primero se vendió como una agresión por parte de inmigrantes y activistas del 15M, acabó siendo un episodio más  dentro de la chulería y los desmanes policiales que tan frecuentes son en nuestra ciudad. Os dejamos más abajo un texto que hemos leído.

Madrid, ciudad sin entrañas. Donde las noches se tiñen de luces azules y los helicópteros baten las nubes sin descanso. Aquí hay más maderos que sueños y más ostias que caricias.

El pasado domingo un par de secretas se encontraban combatiendo el crimen en las calles del centro, concretamente en Duque de Alba, al costado de nuestra Tirso de Molina. Este par de puntales de la sociedad, de valientes gladiadores de la libertad, perseguían a un puñado de enemigos del orden, el mercado y la convivencia. Su objetivo era un grupo de vendedores ambulantes. La carrera bajó hasta la calle Amparo, donde lograron trincar a uno. Golpes, gritos, chulería. El resto se revolvió, increpó a los estupas. Uno de ellos hizo el amago de enfrentarse armado con su propia zapatilla. Una deportiva gastada contra una porra extensible. Un gesto, un desafío. El policía que arrastra al detenido parece tener algún problema con sus esfínteres. Sin duda el tipo ha visto la tele, ha crecido con ella. Siempre le encantaron las series de polis, siempre quiso ser uno de ellos. Zurrar a los malos, besar a la chica guapa. Un tipo duro, curtido, alguien a quien temer. Va al gimnasio, tiene una buena colección de poses estudiadas. Y sin embargo ahora le baila el suelo bajo los pies, le gritan y alguien agita una zapatilla a escasos metros. Saca su pistola y encañona. Nadie parece achantar. La situación es triste y patética a la vez. Nuestro heroico secreta dispara al aire en mitad de la angosta calle madrileña. Dos veces.

Es la hora de comer, hace calor y la paella ya está sobre la mesa. Los vecinos se asoman a las ventanas y portales. Llegan los refuerzos, los curiosos y los indignados. El asunto se despacha y a las pocas horas la policía mueve una nota de prensa. Un dispositivo policial había sido asaltado por una coalición insurrecta de miembros del 15M e inmigrantes subsaharianos. Los agentes de la autoridad recibieron una lluvia de escombros y se vieron obligados a realizar un disparo disuasorio. La patraña quedó desmontada gracias al vídeo de un transeúnte. No sabemos qué contaría el pistolero en el gimnasio, a su pareja, a su familia. Nos habría encantado escuchar sus argumentos. ¿Dónde están los cascotes, dónde la jauría de subversivos, dónde quedó su dureza?, ¿tan mal olía la zapatilla, chico duro? La alcaldesa, esa mujer terriblemente desagradable, ha sacado la cara por él. Por supuesto, es uno de los suyos. El problema es la presión a la que se ve sometida la policía, los ciudadanos desafectos que cuestionan las redadas racistas, los bolsos chinos con las marcas falsificadas. Nuestro problema es ella, son ellos. Nos da igual que alguien se gane la vida vendiendo en la calle o reponiendo estanterías del Carrefour, nos dan igual todas esas leyes que solo les protegen a ellos. Nosotros sacamos la cara por los manteros, son de los nuestros: gente que se busca la vida en las calles de esta ciudad sin hacerle daño a nadie. Los pistoleros simplemente están al otro lado, y nuestros sueños apuntan al día en que sencillamente no estén, pues no habrá nadie que necesite de sus servicios. La frase tan gastada que afirma que “sin pistola no son nada” ha cobrado todo su sentido en la calle Amparo, y también ha sido llevada un poco más lejos. En verdad, con el arma empuñada son todavía menos. Una imagen ridícula y distorsionada que viaja directamente desde la pantalla del televisor. Una amenaza real, pues las balas cercenan la carne y truncan la vida, que se manifiesta en un gesto tan repulsivo como impotente: encañonar a personas desarmadas y dispararle a nuestro precioso cielo —quizás le peguen tiros porque no han podido recortarlo ni privatizarlo—. Ahora bien, el domingo aprendimos una valiosa lección: los malos están empapados por el miedo. Como todos. Nosotros luchamos a diario por sacudírnoslo de encima. Ellos chapotean en su cobardía. Esta noche dormiremos a pierna suelta. Aunque vayamos perdiendo la partida, sonreímos.