#35 – Agustín Rueda: ni olvido, ni perdón

La madrugada del 13 al 14 de marzo de 19799px-agustin_rueda_graf-178 moría apaleado a manos de 15 carceleros de la cárcel de Carabanchel, el preso anarquista de 26 años, Agustín Rueda Sierra.

Coincidiendo con este lamentable 35 aniversario, en el programa 35 de Cabezas de Tormenta recordamos su vida, su pasión y su muerte.

Nos pondremos en situación haciendo un recorrido histórico por el contexto del momento, esos extraños años a los que a algunos les dio por llamar “transición democrática”. Veremos qué se cocía en las calles, donde las luchas sociales empezaban a emanar, dejando al descubierto ansias de libertad.

Haremos un breve repaso también a lo que ocurría dentro de las cárceles, reflejo siempre de la sociedad, donde surgen proyectos como la COPEL (Coordinadora de presos en lucha) y distintos grupos que desde las calles ofrecen apoyo a presxs y que reclamaban desde la amnistía de lxs presxs políticxs, hasta la destrucción de las cárceles.

Y, como el secuestro y asesinato de Agustín Rueda no ha sido, ni es el único, recordaremos de manera breve, otros hechos pasados similares y enviaremos calor también, tratando de difundir su caso, a Marco Camenisch.

Como es habitual en nuestro programa daremos un par de reseñas relacionadas con el tema, en este caso el libro Por la memoria anticapitalista y la peli documental La Fuga de Segovia.

… apaleado por seis funcionarios, pateado en una celda de castigo, casi a oscuras, celda desnuda, de suelo húmedo y frío, de paredes lisas y sucias en las que su cabeza rebotó con brutal insistencia, dejando brochazos de sangre, con algo de piel y algunos cabellos pegados…

Lo dejaron agonizar durante horas, ensangrentado el rostro, partidos los labios y los dientes, rotas varias costillas, destrozado el hígado, orinando sangre en sus propios pantalones…

En las celdas vecinas hubo gritos de horror, protestas, alaridos de miedo… Los sacaron a todos y los mandaron desnudarse, cara a la pared, en posición de firmes. Cachearon sus ropas, desgarrando los bolsillos, arrojando al suelo su contenido, pisándolo con rabia disfrazada de indiferencia. Luego, un jefe de servicios y dos funcionarios, gomas en mano, castigaron las piernas, las nalgas, las espaldas, en medio de un gritería de dolor y moratones inflamados, reventados, sanguinolentos. Después, vuelta a celdas y silencio. Agustín, todavía agonizante, emitía algún lamento, bajito, pero perfectamente audible, en medio del silencio, de una parte a otra de la galería subterránea.

Por la mañana temprano, fui y pregunté; me dijeron: “Esta en la enfermería, indispuesto, no puede salir”.

Tenía veintiséis años. (texto escrito por un preso de una celda cercana)

Silencio. Un silencio voraz que se abre paso por la vida cuando se pone fin al aliento de alguien por luchar.

El silencio mata. Por eso hay que oponerle el ruidoso duelo de la palabra. Y no nos referimos a la palabra de series de televisión, a la palabra de escaño, de lágrimas de cocodrilo, que hace de la memoria una mercancía…
Hablamos más bien de la palabra que aprieta los puños, la palabra proscrita que devuelve memoria a la calle… Y es que un escritor dijo una vez que quien construye la libertad se expresa siempre mucho mejor que quien construye el statu quo. Quizá sea porque la libertad habla el lenguaje del corazón; del amor, del odio, de la pasión, del compañerismo.
La muerte fue la sombra de los anarquistas, siempre acechante, siempre traicionera, y sin embargo, ¿qué mejor que saberla antes o después ineludible para vivir luchando? 
Respetamos la muerte, anhelamos la vida. Por eso la lucha consiste en una carrera de fondo para no ser alcanzado por la primera, y poder abrazar la segunda. El cuerpo de Agustín Rueda Sierra moldeado por los certeros golpes de sus captores es la etapa final de alquien que quiso recorrer ese trayecto con dignidad, valentía, tesón y fuerza.
Nosotros no hacemos mártires, pero, carceleros de la memoria, recuerden que los revolucionarios son una manada de elefantes que no olvida jamás…